El pan de canela

14 junio, 20179:56 pmAutor: Cale AgundisColaboradores Cultura

En cierta panadería, llamada “La Concha” todas las tardes don Juvencio sacaba una poderosa, deliciosa y exquisita dotación de pan dulce, desde las conchas, los chamucos, las donas, las campechanas, los cuernitos, los churros, las trenzas, el polvorón, los libros, las semas, las hojaldras, los bísquets, todos, todos, deliciosos. Pero había un pan en especial, que era único… el pan de canela. Elaborado con tres leches, pasitas, nueces y enrollado en exquisito caramelo de canela. Este pan, sin duda, era el que primero se acababa en la panadería “La Concha”. Cerca de las 6 de la tarde la gente comenzaba a llegar para comprar el pan de canela, seguido por las conchas y los cuernitos. Ciertamente el pan de canela era una delicia, un lujo para el paladar y, lo mejor, estaba en el gusto de la mayoría de los clientes de don Juvencio. Ah, pero una de esas tardes en que don Juvencio elaboraba su dotación de pan, el de canela se paró frente a todos y les dijo orgulloso: -queridos panes, como ya sabrán, yo soy el favorito de la gente, todos me compran y como soy el primero que me acabo, por lo tanto desde hoy, soy diferente a ustedes y tienen que guardar su distancia conmigo.

Se había vuelto presumido y engreído, ¿si saben, no? como muchas personas que llegan a destacar en algo en su vida y ya con eso también se sienten hechos a mano. Su vanidad lo había vuelto ignorante, petulante, acomplejado, por supuesto, ¡tan profano! que no se percató de que todos los panes eran únicos y especiales. Nadie entre los panes le respondió, sólo se alejaron, como solemos alejarnos de las personas que no dejan nada bueno en nuestra vida. Todos le dejaron de hablar. Pasaron los días y, un verano, sin saber por qué, la panadería “La Concha”, poco a poco fue vendiendo menos pan, casi hasta llegar a la ruina. Don Juvencio comenzó a bajar los precios de sus panes y, por consiguiente, los costos de producción, reduciendo la materia prima y bajando de manera importante la calidad de sus productos. Hizo churros con menos azúcar, donas sin tanto chocolate…ups y pan de canela sin pasas y sin nuez y, desde luego, con menos canela, ya que el precio se había incrementado sustantivamente en el mercado. Fue una reverenda burla y una auténtica desgracia para aquel pan fanfarrón que se sentía lo máximo. La gente lo notó y llegó el momento en que, una tarde, el pan de canela ya no se vendió más.

Bueno ese día hasta los bísquets, que siempre se quedaban, se habían vendido. A la mañana siguiente todo el pan se encontró al de canela, frio y duro. -¿Pues qué pasó, no que muy fregón?. ¿Pasaste toda la noche solo en las charolas?. ¿Qué pasará si ya no te vendes más?. Todo tipo de preguntas, risas, comentarios y burlas del resto de los panes se escucharon. Don Juvencio también había observado el fenómeno, incluso, al reducir los ingredientes, sintió que su pan estrella, el de canela, tendría que desaparecer, pues la relación costo de producción-precio de venta, estaba en números rojos. Sin embargo, el panadero sintió que debía conservar al pan estrella. Más cuando en otros tiempos, mejores que el actual, le había dado a ganar, pero sobre todo, le había dado tantas satisfacciones, pues el pan era constantemente elogiado por sus clientes y era el favorito de los niños.

El pan de canela tuvo que pedir una disculpa a todos sus hermanos panes por su actitud de soberbia, arrogancia y altanería. Tuvo que dejar su tonto orgullo a un lado, porque acabaría hundido en el desprecio y en la soledad. Así es, mis queridos lectores, hay que dejar la vanidad a quien no tiene nada que exhibir. Al hacer menos a las personas que no son tan afortunadas, lo que no conduce a la perfección, sólo nos hace quedar como verdaderos bobos al reflejar ignorancia e insatisfacción propia. Por lo que amigo lector, me atrevo a pedirte, dulce y respetuosamente, que no te comportes nunca como el engreído pan de canela.

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